La educación como palanca para la regeneración
Por Loly Masegosa · Presidenta de Fundación Paisaje
Verano tras verano contemplamos con impotencia como el fuego avanza sobre montes, bosques y pueblos dejándonos un paisaje desolador. Las noticias nos hablan de hectáreas quemadas, de medios desplegados, de temperaturas extremas, personas evacuadas e incluso de muertes.
Estos días vemos con impotencia como el fuego altera y destruye, convirtiendo en cenizas las huellas de un pasado, alterando la memoria de los pueblos y contribuyendo a la pérdida de nuestros paisajes de referencia y las forma de vida de muchas de sus gentes.
Cada paisaje es una memoria viva.
En él permanecen las huellas de quiénes nos precedieron, los caminos recorridos por nuestras abuelas y abuelos, las experiencias vividas en cada rincón, los oficiosn que dieron forma a los pueblos, las historias que explican quiénes somos, y el vínculo que nos une a un lugar y al resto de los seres vivos que lo habitan.
El paisaje no es solo un escenario donde ocurre la vida, es un maestro silencioso que da forma a nuestra mirada, a nuestra forma de estar y de ver la vida. Es un sistema vivo, dinámico y complejo en el que interactúan factores ecológicos, pero también sociales, culturales, económicos e históricos.
Por eso el fuego en él duele tanto.
Porque quema memorias.
Quema vínculos.
Quema identidad.
Y porque cuando un paisaje desaparece, también desaparece una parte de nosotros.
El tiempo termina apagando los incendios, como una lluvia lenta y persistente y, poco a poco, parte de la vegetación comienza a regenerarse para dar de nuevo paso a la vida.
Pero, ¿qué ocurre con el fuego que se incendió bajo nuestra piel, en nuestro paisaje interior, en nuestras emociones? No podemos olvidar atenderlo, aliviarlo, apagarlo. Porque si no lo hacemos, terminará quemando nuestra esperanza, transformando nuestra mirada apreciativa, paralizando nuestra capacidad de empoderarnos y actuar, minando nuestra confianza en que las cosas pueden cambiar a mejor.
¿Cómo evitamos que todo esto se queme? La respuesta emerge mucho antes de que aparezcan las llamas, es también preventiva y comienza con la transformación de nuestra mirada.
Vandana Shiva dice que «antes de crear monocultivos en la tierra, antes de simplificar la diversidad de nuestros bosques, construimos monocultivos en nuestra mente».
Como seres humanos contribuimos a la degradación y avivamos el fuego cuando olvidamos la diversidad de historias, de saberes y de vínculos que habitan un paisaje.
Cuando dejamos de comprender su complejidad. Cuando solo somos capaces de mirar desde una única perspectiva. Entonces empobrecemos nuestra mirada. Y cuando nuestra mirada se vuelve uniforme, también nuestros paisajes se vuelven frágiles, más vulnerables, menos resilientes y con menos capacidad para sostener la vida.

Hablar de regeneración es mucho más que hablar de restauración ecológica, implica una transformación profunda de las relaciones que establecemos con nosotras mismas, con nuestra comunidad y nuestro entorno.
Para regenerar debemos construir una nueva mirada que permita recuperar la memoria que habita los paisajes. Que sea capaz de reconocer que nuestra salud, nuestra cultura, nuestar identidad y nuestro bienestar nacen de la relación que mantenemos con ellos.
Debemos hacer mucha Pedagogía del Paisaje y generar procesos de aprendizaje capaces de transformar miradas. Porque cuando cambia la mirada, cambian las decisiones, cambian los hábitos, cambia la cultura, cambian las comunidades y cambian también los paisajes que construimos.
La regeneración comienza cuando dejamos atrás los monocultivos de nuestra mente para recuperar una mirada apreciativa, compleja, atenta, cuidadosa y regeneradora.
Una mirada capaz de descubrir oportunidades donde antes solo veía problemas y desolación.
Una mirada capaz de posicionarse en el amor en lugar de en el miedo.
Una mirada que contribuya a restaurar el paisaje, pero también a prevenir que vuelva a arder.
Tenemos un importante reto y una gran responsabilidad por delante, activar el papel regenerador del ser humano, impulsando una cultura en la que educación y regeneración se encuentren.
Solo podremos dejar paisajes vivos y sanos de referencia a las próximas generaciones comprendiendo su complejidad y fortaleciendo nuestra capacidad para sostener y favorecer la vida en todas sus dimensiones.
Hablar de regeneración no es una utopía, es hablar de ejemplos reales que ya están en marcha con resultados positivos, es hablar de agricultura regenerativa, de ganadería extensiva, de grandes herbívoros y carnívoros, de relevo generacional, de vida en los pueblos, de escuelas conectadas con la naturaleza, de gestión forestal, de cuidado y ordenación del territorio, de técnicas de retención de agua, de biodiversidad, de paisajes en mosaico…
Para regenerar tenemos que educar y, para educar, necesitamos personas que ayuden a comprender la complejidad del paisaje, que revisen creencias y prácticas arraigadas, que acompañen el desarrollo de competencias, que empoderen y muevan a actuar.
Personas que no olviden la importancia de recuperar el vínculo y la conexión con la naturaleza, que eduquen desde la realidad, que faciliten la activación de la sabiduría colectiva y la colaboración, que tranformen su entorno desde esta cultura regenerativa.
Recordemos siempre que:
El paisaje conserva las huellas de nuestro pasado, refleja las decisiones de nuestro presente y guarda la esperanza del futuro que todavía estamos a tiempo de construir. El futuro de nuestros paisajes se decide en el presente.
No dejemos que las llamas apaguen la esperanza. Cada paso que damos hacia una Educación en Paisaje es una semilla de resiliencia para nuestras comunidades y nuestros territorios.
Cada mirada, cada persona aporta su granito de arena y es imprescindible para activar el poder regenerador del ser humano. Queremos tenerte cerca, escuchar tu voz, sumar tu talento a este movimiento del que forman ya parte muchos corazones.
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